Concentración antitaurina
Habrá que esperar a que las nuevas generaciones que van llegando tomen las riendas para poder ver, vivir y disfrutar unas fiestas libres de crueldad. Nuestras generaciones, está claro que ya están perdidas, al menos en parte de este país y especialmente en esta ciudad. Una importante parte de nuestros vecinos optarán estos días laurentinos por ir a comer a la plaza de toros. Ese gran restaurante en el que te clavan un sablazo por entrar y encima te tienes que llevar la comida y la bebida de casita. Autentico como terrorífico. La realidad, para que engañarnos, es que nuestros paisanos volverán a llenar un año más la plaza. Y entre plato y plato, trago y trago, baile y baile pasarán la tarde cara al sol, felices. Nada importará en pro de la diversión. La mayoría pasarán la velada supuestamente ajenos a lo que sucede realmente en el recinto. Dará igual que en el ruedo un animal, un tranquilo herbívoro, esté siendo torturado hasta alcanzar la muerte. Nadie se conmoverá cuando le empiecen a clavar las banderillas, arpones de 8 cm., y ese precioso negro intenso comience a teñirse de rojo. Nada importará. La música de las charangas y el alcohol lograrán transformar el más cruel de los espectáculos permitidos por nuestras leyes en el más espléndido e hipócrita festín. El picador destrozará al toro sin que un sólo rostro palidezca, la sangre brotará sin que a nadie se le atragante la comida. Sin producir una triste arcada en el público asistente. No habrá conciencia que se corroa. El toro será apuñalado brutalmente, caerá rendido a la arena, se retorcerá deseando alcanzar la muerte mientras nuestros vecinos ríen y bailotean. Ni tan siquiera una lágrima compasiva recorrerá sus mejillas. Serán capaces de conmoverse cuando el telediario ofrece unas imágenes grabadas de estrangis en las que un hombre golpea con una vara a un perro. Se les pondrán los pelos de punta. Y se preguntarán ¿cómo ese... no está entre rejas? Pero serán capaces de comerse un buen plato de macarrones y pillarse las mayor de las cogorzas ignorando, o queriendo ignorar, las barbaridades que se están cometiendo a cuatro pasos de su asiento. Ésto en el mejor de los casos, claro, el de aquellos cuya sensibilidad se amolda a las circunstancias (sic). Sociedad de pobres valores. Luego estarán, por supuesto, esa otra parte, en la ciudad minoritaria, pero para nada insignificante, que disfrutan viendo como un animal es torturado salvajemente. El hombre del telediario será tachado de cruel, de loco, de enfermo... ¿Y entonces que son pues los taurinos? Me pregunto yo. Lo bien visto y lo mal visto. Mal visto golpear a un perro, bien visto torturar a un toro. De locos. La Uesca del siglo XXI.
Hará un tiempo un amigo conmovido tras ver un vídeo antitaurino grabado en la ciudad, comentaba que no quería que su hijo se criara en una sociedad capaz de hacer semejantes barbaridades a un animal. Hoy por hoy, parece que esos deseos caminan lejos de cumplirse y con sus ya cinco años el pequeño difícilmente tenga la fortuna de educarse en una sociedad que sea respetuosa con el resto de seres vivos y, que menos, que prohiba esa tortura. Hoy he tenido el placer de conocer a una nueva "sobrina", que con sus cuatro días comienza su andadura por este mundo que entre todos construimos día a día. Por los dos pequeños, por Fer e Irati, por Ana y por tantos otros, merece sin duda la pena un año más hacer un esfuerzo, una pausa entre las fiestas y por ya décimo año, frente a la plaza de toros manifestarse en contra de la crueldad. Granito a granito, estoy seguro, es posible que un día, incluso Uesca, será capaz de poner punto y final a esas fiestas crueles que con toros, vaquillas, burros o ponies como protagonistas, se celebran paralelas a las que muchos vivimos.
Domingo 10 de Agosto a las 18:00 horas
Plaza Santo Domingo
Uesca

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